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La mujer más fea del mundo, de Manu Valls

La mujer más fea del mundo. Julia Pastrana. Precio a pagar: explotación.

Manu Valls nos trae esta dura historia, pero lo hace con un toque de humor, momentos en los que uno es capaz de reírse, pero nunca mientras Pastrana está en el escenario. Entonces es imposible. Pero la curiosidad, el morbo, lleva a la complicidad del drama. Quién será esa mujer tan fea. Se lo pregunta Barnum, empresario de circo, de quien Theodore Lent aprendió el oficio, el de aprovechar las desgracias ajenas para llenarse los bolsillos. Pero Julia Pastrana no pertenece a su circo, sino a otro, y habrá que utilizar todas las artimañas posibles para apropiársela, aunque sea con engaños. Quizá con el peor engaño: el de la confianza y el amor.

Un ser de carne y hueso, diferente, ¿quién decide qué es diferente? Los hombres de entonces lo decidieron. Y a ella, cuyo único mal era padecer hipertricosis, a ella la obligaron a ser distinta, la obligaron a sentirse extraña, otra, hasta pensar que no merecía respeto alguno. Sólo creyó ganárselo con Theodore Lent, un joven manipulador que es capaz de cualquier cosa por enriquecerse.

Tal vez criticarlo sin la perspectiva íntegra del personaje es complicado. La interpretación que hace Manu Valls del protagonista obliga a pensar en el texto y no en la puesta en escena. Porque Valls se hace de querer y es difícil odiarle. Seguramente a Julia Pastrana le ocurrió algo parecido con Lent. Se enamoró. Pensó que no abusar de ella era amor. Y Theodore se aprovechó de esa coyuntura para sacar el máximo partido. Dinero, mucho dinero, a costa de la vida de su mujer. De la vida de su bebé. Quizá, pero, esa monstruosidad (esta sí, no la de Pastrana) lo llevó a la locura. Hay momentos en los que parece que el amor es verdadero y después, de pronto, esa dualidad, esa máscara cae y vemos a un Theodore Lent abusador. Quizá, pues, la locura no fue de amor. Nunca lo sabremos.

El embarazo, el parto y la muerte son las escenas más duras de este drama. El obligar al espectador a mirar es mucho más difícil de lo que uno pueda pensar. Sentir que hubo personas que lo hicieron por placer resulta casi vomitivo. Lo peor, que ha pasado tiempo, y seguimos pagando por ver dolor ajeno.

Magistral interpretación de Manu Valls, también la de Lucía Aibar, en el papel de Pastrana, con ese vestuario tan decimonónico y esa voz que enamoraría a cualquiera. Enhorabuena por hacernos sentir a Julia como un ser de carne y hueso más allá de su aspecto físico. Juan Carlos Garés, sus gestos, su movimiento en el escenario, sus múltiples interpretaciones dieron el excelente a esta obra dramática. El vestuario, la iluminación, la música acompañaban a la representación, eran protagonistas de este engranaje tan bien escrito por Manu Valls, quien juega al artificio teatral, monólogos, analepsis, prolepsis, que dan como resultado una obra maravillosa.

Gracias por una tarde de buen teatro.

Podéis disfrutar de este montaje una semana más. De jueves a domingo, en la Sala Russafa de Valencia (C/ Denia, 55). Pincha aquí si quieres ver buen teatro.

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