Un inmenso e infinito continente

Un inmenso e infinito continente. Eso es lo que hay en nuestra cabeza, en nuestros proyectos, en nuestras historias incompletas. Eso, también, es lo que hay en el mundo de Ramón, en su mundo, en el que sueña, en el que imagina, en el que desea. Él vive en una sociedad incompleta, desarraigada, desestructurada. Una sociedad que ya no le gusta, con un trabajo donde trabajar de más es sinónimo de pesado, persona non grata. Terminas, pues, adaptándote y silenciado; o, en el peor de los casos, ninguneado. Te parapetas, entonces, detrás de un cubículo, con tus plantas, con tus sueños. Un poco con tus desarreglos intestinales que son productos de ese desasosiego que bulle en tu cabeza. Ramón es el hombre que ya no entiende la política, ni a los políticos; no entiende dónde están esos pequeños a los que acunaba hace dos días y ahora se hacen mayores. Sus consejos, ya no sirven, caen en vacío. O, al menos, así lo siente él. Carmen, su mujer, se ha adaptado mejor a los nuevos tiempos. Ha crecido con los cambios, los ha aceptado y ahora busca su lugar en esa sociedad que él no entiende, en ese mundo que ya no es el de Ramón, cuya meta única, la creatividad, también se tambalea por todas partes. Él necesita estar despierto, generar ideas, buscar disparadores. Pero todo se diluye en la monotonía de los días, en el insomnio acompañado de una tila, y algún videojuego que “roba” a su hijo.

Su única salida: la huida. La búsqueda de un lugar donde todo lo que está roto se recomponga, donde el pasado se quede aparcado, donde exista una sociedad que premie a los creadores, a los artistas, a los trabajadores. Ese es lugar. Lo busca Ramón en Google Maps, lo encuentra, y se aferra a ese lugar en sueños; en sueños dentro de los sueños; en sueños dentro de sueños soñados. En sueños que se representan en el trabajo, en el camino a las extraescolares, en el viaje de vuelta donde una familia, de pronto, se interesa por la huida, por ese otro lugar en el que buscar tu sitio.

Néstor Mir, con esta segunda novela, nos obliga a reflexionar (a veces he sentido que tenía delante un tratado de filosofía contemporánea) sobre una "encrucijada existencial de raíz bien actual y reconocible". Leer su libro ha supuesto para mí un encuentro con una narrativa dramatizada en la que escucho (literal) esa creación musical que acompaña. Hay momentos en los que no he sabido discernir si lo que imaginaba era una representación teatral, una novela social o, tal vez, una historia, la del narrador o la del autor, también la del personaje. A través de Ramón he viajado en sueños, y he soñado que era posible ese sueño nocturno. He cruzado los dedos para que alcanzara su único propósito: “Fugarse a Canadá. A las heladas, boscosas y puras praderas de Canadá, epítome de todo sueño imposible”.

No dejéis de leer esta maravilla, este inmenso e infinito continente.




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