UN BRINDIS POR EL DESAMOR

Supongo que cuando una persona se sienta a escribir no piensa en los lectores. Una se coloca delante del ordenador (la máquina de escribir o el papel) y cuenta una historia. Las hay que son muy ordenadas y tienen todo el entramado en su cabeza; otras tienen bien concebida la historia, los personajes, y después se dejan atrapar por lo que cuentan. Algunas, entre las que me encuentro, escribimos por instinto, caótico la mayor parte de las veces. Una localización me da una imagen disparadora sobre la que imagino una historia (primigenia) con algún que otro personaje. Después, la locura que es el acto de escribir. En mi cabeza ya no hay nada más. Ese pequeño detalle (el del paisaje y algún personaje) me cuentan una historia, que es la que transcribo (ya conocéis casi todos mis entresijos “escritoriles”).

Veo imágenes, eso es lo que me pasa. Y es lo que sucedió con Un brindis por el desamor. Una habitación vacía fue suficiente para desentrañar una vida, la de Angélica. Después, detalles de un día cualquiera. Supongo que es difícil explicar qué es lo que ocurre en mi cerebro para que todo ese caos se convierta en una novela. Nunca pienso en quién me leerá, esa es la verdad; aunque no negaré que ahora mismo me gustaría que lo hicieran miles de personas. Por ese motivo, cuando alguien reseña una de mis novelas y me dice que “adoro ese detallismo nada invasivo con el que relatas las pequeñas cosas” (Un brindis por el desamor) o “me resulta muy hogareño, muy familiar y cálido, tener tu voz contándome historias a través de las palabras” (Te parecerá raro), me siento feliz. Porque si hay algo en lo que pienso cuando estoy delante del papel es en contar, a través de las palabras, historias cotidianas, detalles de nuestra existencia con los que una servidora se reconcilia con la vida.

Sólo eso.

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