• Roseta

Homenaje a Antonio Machado

La primera vez que escuché el nombre de Machado estaba en el instituto. Me enamoré de su poesía. De cómo hablaba de la sociedad, del mundo, de lo cotidiano. La siguiente vez fue en la facultad y ya no me abandonó. Casualidades de la vida, tal vez el azar, hicieron que mi tesis doctoral versara sobre su teatro, su dramaturgia. Ese azar que me obligó a elegirlos a ellos, porque el otro tema que me interesaba estaba demasiado estudiado. Recuerdo las palabras de uno de los investigadores que me acompañó en el proceso: una tesis doctoral te obliga a casarte con sus protagonistas... O más o menos. Nos reímos de aquello, pero en cierta manera, fue así.

Y también por azar, o por suerte, un día recibí una llamada de teléfono. Iba a publicar un ensayo sobre la dramaturgia machadiana. Con un error. Un error que solo podía subsanarse si tenías acceso a los manuscritos inéditos de Machado. Y ellos me los ofrecieron. Me permitieron tocarlos, analizarlos, estudiarlos. Así, sin más interés que un estudio (otro más) saliera sin ese error. Nunca les estaré suficientemente agradecida. Y no porque aquel ensayo salió sin error, sino por la posibilidad de tocar esas letras, de escuchar historias; por las horas compartidas, por las vivencias.

Años después, surgió este proyecto de escritura dramática con mi compañera Inma Garín. Montamos un texto teatral, que habla de memoria, de dolor, de despedidas y de ausencias. Hace poco más de un mes, la publicación de este texto, del que os dejo un fragmento.


"Yo vi, con estos ojos, vi cruzar la frontera a Antonio Machado con su madre, su hermano y su cuñada. Vi a la gente atemorizada bajar de las ambulancias y los camiones antes de llegar a la frontera. Saltaban a las cunetas para que no les alcanzaran las bombas que caían del cielo. Tiraban los equipajes sobre la nieve y seguían bajo el crujir de las bombas, y el barro, y la lluvia, y el frío helado de los Pirineos. Yo misma salté de un camión y corrí enganchada del brazo ensangrentado de mi madre. Mi padre llevaba en brazos a mi hermano recién nacido. A los mayores tardamos dos días en encontrarlos, porque lo único que mi padre les había dicho era que corrieran, que corrieran sin mirar atrás. Supongo que hubo momentos en los que pensaron que nosotros no lo conseguiríamos. Pero lo conseguimos. Corríamos más que Machado, que arrastraba las botas, mientras a su madre alguien la cogió en brazos para no tener que dejarla atrás. Yo no sabía quién era don Antonio Machado, pero mi padre me lo señaló. Ese es mi maestro, me dijo. Después, cuando estaba ya muy enfermo, le oía llorar. Yo siempre le decía que tenía que dejar de sufrir así. Y él solo me contestaba: Machado murió de pena".

Gracias, Leonor, por compartir experiencia, vivencia. Por compartir memoria.

Si estáis Interesados en el texto, podéis adquirirlo en vuestra librería habitual o en la web de la editorial.

https://www.edictoralia.com/solo-se-pierde-lo-que-se-guarda/



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