Books

En este espacio quiero ofreceros algunos de los textos de creación propia. Son historias que un día surgieron en mi cabeza y que quiero compartir con vosotros. Espero que nos encontremos entre los personajes, compartamos experiencias, vivencias.

 

Miradas ausentes

El texto que tenéis a continuación surge en el ensayo de un proyecto teatral que llevó a cabo la compañía del Teatro de lo Inestable de Valencia en el 2013.

Miradas ausentes, presencias que faltan, movimientos confusos, pensamientos que no permiten pensar, cambios, pequeños cambios, grandes cambios, otra mirada, una indicación, una sonrisa, una risa, un bostezo, un retraso, una mirada de frente, un abrazo de espaldas, componer, descomponer, buscar tu solo, buscar tú solo, una marca, ¿una garrapata?, un pie, una ducha imaginaria, una ducha imaginada, un miedo, la espera, tu presencia, miradas ausentes, locura compartida, mentiras democráticas, democracia interrumpida, sollozos en silencio, recuerdo momentos, secretos confesados, gritos que estremecen, silencios que se escuchan, gestantes en un móvil, gestantes que se abren... miradas ausentes.

 

Adioses perennes

(A Paula)

I

Estoy sentada frente a Clara. No sé quién ha hecho el café que nos estamos tomando. Tal vez, mientras ella subía en el ascensor, he puesto la cafetera. No lo recuerdo. La miro despacio. Lleva puesto el vestido verde que le compré por su cumpleaños. Ella me está hablando, aunque no entiendo muy bien sobre qué. He dejado de escucharla. Solo quiero verla sonreír con ese vestido; me parece que es la primera vez que se lo pone. Clara se ha dado cuenta de mi ausencia, porque me pregunta si la estoy escuchando. Le respondo que sí, aunque es mentira. Ella, entonces, me dice que he de reponerme de lo de papá, que ya ha pasado mucho tiempo. Y yo le digo que sí, que tiene razón, pero que cuarenta años son una vida entera. Tiempo al tiempo, acabo por contestarle.

 Sin embargo, estoy segura de que estos vacíos, estas lagunas, este perder la memoria en el pasado es otra cosa. No es la primera vez que me ocurre y me da miedo.

Todo esto me pasa desde que Antonio no está conmigo. Antes, cuando éramos dos, mi mente no volaba a otros lugares. Simplemente vivía el presente, el estar uno al lado del otro, el disfrutar de nuestra Clara que se había hecho mayor y había empezado una vida nueva, en otra casa, igual que hicimos nosotros cuarenta años atrás. Pero desde que Antonio se fue, nada es igual. Los días se hacen largos en el enorme salón de una casa vacía. Las noches se convierten en un silencio que pesa; un silencio que no consigo ahogar con el murmullo de la televisión.

Por eso estoy así, aunque no se lo diga a Clara. Me despisto a menudo y, a veces, me encuentro en lugares a los que no sé cómo he llegado. La primera vez que me ocurrió estaba en el pasillo del supermercado. Me pareció, entonces, que despertaba de un sueño y no supe qué estaba haciendo allí ni lo que había ido a comprar. Al principio quise engañarme pensando que eran cosas de la edad, del sufrimiento pasado, pero ahora sé que no; sé que aquí se esconde algo más.

Clara me saca de mis pensamientos cuando se pone de pie. La vuelvo a mirar. Dice que se va, que tiene que recoger a Julia de la guardería y que volverá mañana. Le sonrío y le digo que esté tranquila, que todo va bien.

Aunque todo va mal.

Me siento en el sofá marrón que adquirimos cuando nos trasladamos a esta ciudad. Recuerdo que Antonio y yo reíamos felices, mientras acariciábamos la prominente barriga que guardaba a nuestra hija. Por fin teníamos una casa en la que querernos y en la que hacer el amor sin que mis padres nos escucharan. Porque antes, antes de que la compráramos, dormíamos en la misma habitación que yo había utilizado desde mi infancia.

Antonio y yo no teníamos dinero para una casa, ni para una boda, pero como queríamos estar los dos juntos, nos casamos. Qué importaba dónde vivir. Sin embargo, pasados unos años, con nuestra Clara a punto de nacer, decidimos que teníamos que marcharnos, crear un hogar nuevo.

Guardo en mi memoria todos aquellos años con Antonio, con Clara. Los tres en este sofá, en el comedor, en la cocina. Los tres jugando en la cama hasta que se hacía demasiado tarde incluso para un domingo. De todos esos días me acuerdo como si hubieran ocurrido horas atrás. Puedo dibujar cada sonrisa, cada beso, cada conversación. Puedo dibujar en mi memoria cuando éramos tres; y yo, feliz.

Pero desde hace unos meses, nada es igual. Hay vacíos en mi cabeza que no logro recomponer. Oscuros en mi cerebro que me dan miedo, pánico, angustia.

 

René

Historias de guerra

I

Me despierto al sentir el contacto de alguien sobre mí. Todo está oscuro. Dos personas me tocan; lo sé, porque una de las manos es suave como la de Margot; la otra parece mucho más robusta. No sé bien qué hacen conmigo. La mano de la mujer me acaricia durante unos minutos. Intento hablar, interrogarles, pero las palabras no salen de mi boca. Tampoco oigo nada a mi alrededor.  Todo está en silencio.

Todo está en silencio y oscuro.

Me concentro en el olor que destila este lugar. Huele a sangre, a putrefacción. Quizá estoy en un hospital de campaña, aunque no oigo a los otros soldados gritar de dolor. Algunos compañeros, algunos de los que fueron heridos, me contaban cómo era estar en un lugar así: gritos, súplicas, soldados rezando para morir ese mismo día. Aquí no se escucha nada. Pero este lugar no es el campo de batalla. Allí no hay manos de mujer. Me habrán herido. Tal vez esté casi muerto. O prisionero; eso sí que no podría soportarlo. Si soy prisionero, prefiero morir. Ojalá no pase de hoy. Ojalá este despertar sea la antesala de la muerte.

Otra vez esa mano de mujer. Me muevo inquieto en lo que creo que es una camilla y siento que alguien me sujeta por los hombros. Noto un dolor agudo. Grito. No me oigo. Necesito saber qué está pasando, qué ha ocurrido, dónde estoy. La guerra. Luchaba contra los alemanes. Disparaba, a veces sin mirar. Lo importante era matarlos y vengar a mis hermanos de batalla.

Tengo veinte años y he visto morir a muchos amigos. Tantos, que he dejado de contarlos.

Ya no quiero amigos aquí.

Traigo a mi mente el recuerdo de Margot. La echo tanto de menos... Evoco nuestra infancia, cuando jugábamos en el patio de la casa de París. Mi memoria no ha muerto. Ojalá no se apague; ojalá esté conmigo hasta que yo desaparezca. Pobre Margot. No se sobrepondrá a mi pérdida. Solo nos tenemos el uno al otro. Siempre ha sido así, desde que éramos niños, porque padre siempre estaba trabajando y madre... Madre no estaba.

Me gusta recordar aquellos años en los que madre y yo salíamos a pasear cada tarde por los Campos Elíseos. Entonces todavía era un niño y no sabía lo que era el dolor. Allí nos reuníamos con padre. De esos días, puedo visualizar su sonrisa cuando nos veía acercarnos y cómo le daba un beso en los labios a madre antes de cogerme en brazos a mí. Alguna vez, incluso, le pregunté si la quería más. Él me pellizcaba la nariz y me decía que no.

Aunque yo sabía que me engañaba.

Cuando ella murió nada volvió a ser igual. Padre dejó de reír. Se pasaba los días metido en su habitación o en el despacho y rara vez acunaba a Margot cuando lloraba. Padre contrató a una institutriz para poder desaparecer más tiempo. Yo, mientras, me encerraba en mi cuarto y lloraba hasta que caía rendido pensando cuánto echaba de menos a madre. En esos días empecé a odiar a Margot por nacer. Su llegada había supuesto demasiados cambios.

Como padre, tampoco yo me acercaba a su moisés.

A los siete meses de su nacimiento, mientras comíamos en la mesa, Margot balbuceó una especie de ma-ma-ma. Todavía puedo ver la expresión de padre. Sentí tanta pena por él, que lo único que se me ocurrió decirle fue que madre estaba muerta por su culpa. Padre se levantó de la mesa y vino hacia mí. Pensé que iba a pegarme. Sin embargo, me cogió en brazos, me miró, y me dijo que no había sido culpa de Margot, que a madre la había elegido Dios para estar con él.

Entonces, lleno de rabia, le grité que odiaba a Dios por ello. Padre me contestó que él, a veces, también, pero que teníamos que ser fuertes. Aunque ninguno de los dos lo éramos. Él seguía sin atender a Margot, nunca la cogía en brazos, nunca le sonreía. Lo único que se permitía hacer era pasar horas y horas en la oficina.

Comencé a pensar que, junto con madre, también había muerto padre. Y que Margot era la que tendría que haber muerto, la que tendría que haber desaparecido; porque así, padre, madre y yo seríamos felices. Igual que lo éramos antes de que llegara.

Todo era culpa suya.

Hasta que una calurosa mañana de julio de 1904, cuando jugaba en el salón, Margot se puso de pie, estiró los brazos y vino directa hacia mí. Todavía puedo escuchar su risa mientras daba sus primeros pasos. Se tambaleaba de un lado a otro con los brazos en alto como si quisiera mantener su estabilidad. Era la primera vez que caminaba. Después, mientras yo la miraba sonriente, perdió el equilibrio. La cogí fuerte entre mis brazos. Ella reía divertida por esa hazaña. Sus ojos verdes me observaban. Reí con ella. Me puse en pie y la abracé.

Ese día dejé de odiarla.

II

Amelie me despierta. Ella es una de las tantas enfermeras de guerra que nos atienden. Me ofrece la medicación, que tomo muy despacio. Todavía no tengo fuerza en el brazo derecho y el izquierdo sigue inmovilizado. Como mi pierna, que empeora cada día más. Llevo acostado en esta camilla dos semanas y no mejoro. Sigo sin oír nada. El médico viene a visitarme: “Poco a poco, poco a poco”, me dice mirándome a los ojos. No sé qué significa eso. ¿Que volveré a ponerme en pie? ¿Que volveré a hablar? ¿Que moriré poco a poco?

Eso es lo que deseo. No he visto lo que aquella granada hizo en mí, pero sé que tengo destrozada la cara. Ese era el motivo por el que no podía ver. Habían colocado vendas por todas mis heridas. Amelie se acerca cada día a curarme, pero en su rostro noto una gran desazón. Por eso creo que estoy muriendo. Como mis compañeros. A todas horas veo pasar camillas con hombres muertos, hombres destrozados por la guerra. Ojalá pudieran darme una medicación que me hiciera dormir. No me quedan fuerzas para luchar. Si ese es mi futuro, que llegue cuanto antes y todo desaparezca, que se haga un oscuro en mi cabeza y ya no despierte más. Me gustaría quedarme dormido y morir. Eso es lo único que deseo ahora. Morir. No volver a ver más la cara de Amelie; su rostro descompuesto cuando se acerca a mí y ve el horror.

Pobre Margot. Es lo único por lo que siento morir, por ella. Por no poder mirar sus ojos verdes. Me gustaría verlos antes de morir. Solo una vez. Me bastaría para descansar tranquilo. Después, si quieren, pueden tirarme a una fosa común. No me importa. Al menos estaré con otros soldados y Margot no tendrá un sitio al que ir a llorar. Así olvidará más pronto. Y padre. Otra pérdida más que soportar. Tal vez si le hubiese hecho caso. Tal vez si no hubiera venido… Pero ahora ya es tarde para lamentarse. Lo único que le pido a nuestro Dios es que me lleve, que me lleve con él y con madre. Descansar. Dejar de sufrir. Poder borrar el horror de mi cabeza.

Amelie vuelve a mi lado con un médico nuevo. Me hace una revisión exhaustiva. Observa detenidamente mi cara mientras dialoga con ella. No sé qué hablan. Después, me mira a los ojos y me pide que hable. Consigo realizar algunos sonidos guturales, o eso creo, porque es lo que resuena en mi cabeza. Parezco un niño recién nacido, aunque puedo pensar, recordar y sentir. Lo demás, creo, se apagó cuando caí en el campo de batalla. Amelie y él sonríen. No sé qué significa eso. Tal vez he hablado más de lo que imagina mi cerebro. Me miran los brazos. Consigo apretarle la mano con fuerza y vuelve a sonreír. La izquierda sigue inmóvil. Le toca a mi pierna. Sus caras, entonces, ya no expresan la misma alegría. Están preocupados. Amelie se aleja y vuelve con otro doctor. Revisan de nuevo mi pierna izquierda. Nada. Tampoco yo la siento. Me mueven, ahora, la derecha. Consigo doblar la rodilla con ayuda. Vuelven a la izquierda. Me miran y niegan con la cabeza.

El segundo doctor se va y vuelve con dos militares. Me trasladan. No sé dónde vamos. No sé qué quieren hacer conmigo. Se adentran en una habitación que huele diferente. Aquí no noto ese olor a putrefacción. Creo que estoy en un quirófano. En un quirófano de un hospital de campaña. Amelie se acerca a mí. Me aprieta la mano y susurra algo que no puedo escuchar. En mi cabeza hay un tremendo ruido, como un zumbido constante.

Despierto solo. Me mantengo quieto. Me duele el cuerpo. No sé cuánto tiempo permanezco así, sin pensar. Por fin una enfermera viene a verme. Sonríe. Supongo que eso es bueno. No lo sé. Amelie aparece por detrás. También sonríe. Estás a salvo. Hemos tenido que cortarte la pierna. Vivirás. Intento llevar mi brazo hasta allí. Tocarme la pierna. Me pongo nervioso. Grito. Amelie intenta calmarme, pero ya no hay nada que pueda hacerlo. Dejadme morir, les suplico. No quiero ser un mutilado. No quiero vivir atrapado en una silla. No quiero. No quiero.

Lloro. Lloro como si fuera un niño pequeño. Lloro por la angustia, el miedo y la pena. Pena de este cuerpo desfigurado. No quiero volver a casa. No quiero que me vean así. Prefiero morir. Que no puedan verme. Que me recuerden como el René que fui. El joven René.

Ahora comprendo por qué se reza. Por qué se reza para morir.

 
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©2020 por Rosa Sanmartín. Creada con Wix.com

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