Cuando la vida te alcance

Helena escuchó el campanario dar las cuatro de la tarde. Abandonó aquel bar en el que se refugiaría algunas tardes y paseó sin rumbo por la ciudad. Observó a los niños jugando en un parque repleto de hierba fresca; un jardín que, anteriormente, había sido el cauce natural del río. Penélope podría ser una de esas pequeñas que correteaban por el suelo. Se le escaparon unas lágrimas que apartó con la mano y continuó caminando. Anduvo calle abajo hasta que escuchó un sonido extraño para ella; un sonido que coincidía con el del agua del río chocando sobre las piedras. Soltó la correa de la mestiza y dejó que se remojara las patas en el agua fría. Ella, mientras, miraba su abundante caudal y las piedras que había arrastrado la corriente.

Nunca supo Helena cuánto tiempo pasó así, observando, pero cuando sintió el fresco de la tarde volvió a la calle principal y continuó andando hasta que descubrió, casi en las afueras del pueblo que quería hacer suyo, un camping con casas de madera. Se acercó a la recepción y pidió alojamiento para una sola noche. No tenía pensado quedarse más tiempo. A la mañana siguiente buscaría un apartamento en el que pasar una larga temporada.

Tan larga, que no sabía cuánto duraría.



 
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