El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger

Inquieta. Así me he sentido leyendo esta novela. Llevaba tiempo sin percibir esa angustia, esa sensación invadiendo mi cuerpo. Ha sido como una espiral en la que me iba envolviendo yo sola mientras leía. Nada hacía predecir eso que mi cabeza creía y mi corazón negaba; pero ahí estaban, una y otra peleando. Lo cierto es que esa sensación me invadió a mitad de novela. En la primera primera parte simplemente estaba convencida de que me gustaría poder hablar como lo hace el personaje, de ser capaz de no callar ni una sola de todas las frases que dice. Él es esa persona que lo cuestiona todo sin pensar demasiado en las consecuencias. O tal vez sí las piensa. Acepta que no va a permitirse asumir lo que los demás le marquen si no es lo que él quiere. El problema, casi en esa mitad, es que no siempre es posible y que, a veces, las consecuencias de esas decisiones no te arrastran solo a ti. Y creo que Holden Caulfield lo descubre, tarde; solo cuando ve que hay alguien que lo ama con locura y que es capaz de seguirle en esa vorágine que solo él entiende.

Por eso, tal vez, decide que es mejor dar un paso atrás. ¿Es mejor? La solución final, la de los adultos, es no aceptar que Holden es sincero, con lo que siente, con lo que quiere. Ojalá los adultos recordáramos más a menudo lo que dijimos, sentimos, pensamos cuando éramos niños, adolescentes rebeldes. Quizá, así, habría otro final, otro lugar en el que nuestro protagonista se sintiera tranquilo.

Leí esta novela hace treinta años. Recordaba que ese libro lo tenía en la estantería como uno de esos que me marcó. ¿Qué recordaba? Casi nada. Que me había gustado mucho en su momento. Una sensación de que es una de esas novelas que hay que leer, poco más. No quise dejar pasar este tiempo de calma para volver a él, para revivir sentimientos. Creo que esta lectura no se parece en nada a la que hice cuando, adolescente, me obligaron a leerla en el instituto. Me da que por aquel entonces me sentía identificada con ese chico, poco más. Ahora, con el paso de los años, no es que me sienta identificada, es que siento envidia de las cosas que somos capaces de decir cuando la edad nos lo permite; y me siento traicionada (por mí misma) al ver que hacerse mayor implica callar quién sabe qué sentimientos. Como dice Holden “Supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías como esa".

Esta novela fue criticada por su ofensivo lenguaje, por las innumerables referencias al alcohol (en menores), al tabaco o a la prostitución. Incluso (esto me dio un poco de miedo por lo que para mí ha significado la novela) varios asesinos tomaron este libro como emblema: Chapman, el asesino de John Lennon, Hinckley, que intentó asesinar a Reagan, o John Bardo, que asesinó a Rebecca Schaeffer.

Sin embargo, para mí, su valor literario, ahora con unas décadas más de experiencia, ha crecido. Estoy segura de que si hoy conociera a Holden Caulfield me gustaría sentarme a hablar con él, tomarme un zumo (nada de alcohol) y dialogar sobre qué es hacerse mayor. Creo que este libro es más para los adultos, menos para los adolescentes. Somos los adultos los que, si nos dejamos llevar, comprenderíamos su desorientación, su inquietud, su forma de estar en el mundo. Esa soledad, esa tristeza de la que, en la mayor parte del libro, el protagonista te impregna.

Como dice David Trueba "Lo bueno de los libros es que con el tiempo cambia la presencia que tienen. El guardián entre el centeno es un libro sobre el que se puede elaborar una gran teoría sobre la pureza, y pérdida de la pureza". Quizá sea por eso que cada frase me ha llenado el cuerpo de literatura; una escritura, quizá extraña (con un narrador intradiegético), pero valiente. Escrita en segunda persona te increpa desde el primer renglón. El tú te obliga a estar, o no, con el personaje. A seguirle, a desear que alguien le entienda, que comprendan que él es así y que mentir, asumir que “lo normal” no es lo que hay que aceptar, que tal vez no es tan aconsejable. Esta novela increpa a una sociedad, a los jóvenes, a los adultos, a los profesores, a los alumnos. Una novela de crítica social que te deja, dicho coloquialmente, muy tocada.


 
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