• Roseta

CAÍDAS

El texto que os muestro hoy es uno de los primeros relatos completos que escribí. He pensado en modificarlo, hacerlo un poco más bonito. Pero he decidido dejarlo así, como se creó. Fue en mayo de 2015. Sé perfectamente qué día y a qué hora. Hacía un par de semanas que veía a una chica joven pedir en la puerta de un supermercado algo de comida. Aquel día, yo paseaba con unos amigos por la calle. Ella, en un banco. Nos acercamos. Y nos contó. Muy poco. Pero suficiente para que en mi cabeza apareciera una historia. Después, los días nos dieron más charlas, más lágrimas. Muy pocas risas. La historia que escribí no es la de ella. La suya es infinitamente más triste. Duele bastante más.


CAÍDAS

Una ciudad cualquiera, marzo de 2009

TODOS

Nuria se mira en el espejo. Casi los cuarenta y ni una cana, ni una arruga alrededor de los ojos, una sonrisa eterna y un cuerpo para ella perfecto, aunque no se corresponde con los cánones de belleza que venden en la televisión.

Hoy, además, está feliz. Un reencuentro extraño con amigas de la infancia, a las que no ve desde hace veinticinco años, la hace sonreír.

Carlos la mira a través de la ranura del cuarto de baño. La observa mientras se pinta frente al espejo. Es preciosa.

—Mañana llegaré tarde a casa, me ha dicho mi encargada si quiero doblar turno en la hamburguesería y le he dicho que sí; nos vendrá bien para las vacaciones —comenta mientras repasa el maquillaje.

—¿Y quién recoge a los nanos? Yo mañana salgo a las ocho.

—Se lo diré a Alma, que a ella seguro que no le importará. Llegaré a las siete, sólo son dos horas.

Nuria, de pelo moreno y rizado, sale del baño con una falda corta, una camisa estrecha y unas sandalias Mustang. La sonrisa, pintada de un rosa intenso, contrasta con la piel morena de su cuerpo. De forma discreta da un beso en los labios a su marido.

—Pásalo bien.

—Lo prometo —le dice mientras gira la cabeza y guiña un ojo.

La puerta de la calle suena detrás suyo.

Carlos, alto y corpulento, se mira en el espejo. Sus cuarenta y dos años empiezan a hacer mella en los ojos. Las primeras arrugas destacan blancas sobre el oscuro de su piel. Nos hacemos mayores, gruñe entre dientes. Y después sonríe. Se asoma a la cuna que hay junto a la cama de matrimonio y ve a una niña castaña de mofletes rosados, por la que, aunque no lo confiese en voz alta, está loco de amor. Es Anita. La acaricia y sale de la habitación. Ahora se asoma a la contigua, la de Jaime, y ve que duerme abrazado a su superhéroe favorito, Buzz Lightyear. Sonríe sobre el quicio de la puerta. Permanece estático pensando en los años pasados, en cómo pasa el tiempo, en cómo él mismo, décadas atrás, se abrazaba a Epi, su muñeco favorito, mientras hacía como que dormía cuando escuchaba a su padre por el pasillo. Entonces, lo escuchaba llegar, acercarse y darle un beso en la mejilla al tiempo que susurraba un te quiero lleno de amor.

Carlos repite esa misma frase mientras camina en dirección a la cama vacía. Tumbado sobre ella, coge el móvil y juega al solitario.

Solitario, se repite.

Y después de unas cuantas partidas, apaga la luz de la mesita y se acuesta a dormir.

De madrugada escucha pasos en el baño, se remueve en la cama y cuando siente el cuerpo de Nuria se acerca hasta ella.

—¿Lo has pasado bien?

—Muy bien. Hacía tiempo que no me reía tanto. Ahora duerme, que en un rato nos suena el despertador.

Y mientras dice esto último le da un beso en los labios, la abraza, y se duerme junto a ella.

El despertador, como cada día, suena a las siete y media. Ahora empiezan las carreras, vestirse a toda prisa, preparar el desayuno de Jaime, ayudarlo a vestirse y cruzar los dedos para que Anita no se ponga a llorar en la cuna y tenga que hacerlo todo con una mano. Después, coge el coche de segunda mano, lleva a la pequeña a la guardería, deja a Jaime en la puerta del colegio, enfila la autovía y empieza una nueva jornada de trabajo.



Una ciudad cualquiera, mayo de 2009

NURIA

Nuria lleva días con fiebre. Se encuentra fatigada, cansada, y tiene la tez demasiado blanca. Hace una semana que no va a trabajar. Los malditos virus. Se encuentra tan exhausta que lleva cuatro días sin ducharse, pero hoy se ha puesto en pie. Una ducha de agua caliente me ayudará, se dice a sí misma.

Se mira en el espejo. Está horrible con esas ojeras. Se quita la ropa poco a poco. Se despereza frente al espejo. Sin saber por qué baja la vista hasta sus pechos y se da cuenta de que uno no tiene la forma habitual. Levanta de nuevo el brazo y su pecho se hunde hacia adentro. El pánico asalta a su mente. Sabe que algo va mal. Empieza a palparse y nota un bulto desconocido para ella. Se toca el otro. De nuevo el primero. Siente algo extraño. Se está mareando. Todo le da vueltas. Se sujeta al lavabo. No es nada, piensa. Pero eso no satisface a su cerebro que va ya a dos mil por hora. El ataque de pánico está a punto de estallar. Corre a por el teléfono. Anita llora. Llama a Carlos. No responde. Se siente tambalear. Coge a Anita y la abraza. Vuelve al baño. Levanta el brazo.

Algo se hunde.

El mundo se hunde.

Cuatro horas más tarde, en urgencias, recoge los resultados. Cáncer de mama. Primer estadio. Eso es lo que le dicen los médicos, y que no se preocupe, que está cogido a tiempo y que todo va a ir bien; pero ella sólo escucha: cáncer, cáncer, cáncer. La palabra retumba en su cabeza.

Las semanas siguientes son un ir y venir al hospital, pruebas, más pruebas y analíticas que permiten entrar en quirófano a Nuria. Una Nuria cada vez más apagada. Su mundo se ha venido abajo.

Por fin la tan temida operación, los nervios, y un posoperatorio demasiado largo.

Seis meses de baja y un eterno tratamiento la conducen a un despido esperado y dos cientos cincuenta euros de paro por ocho meses.

Ahora, se dice, podré estar más tiempo con Anita y con Jaime. Cuidarme. Recuperar el tiempo que no he pasado con ellos durante estos meses y disfrutar de su compañía... y de la de Carlos. Lo echo de menos. He estado demasiado pendiente de mí. A partir de hoy volveré a disfrutar de sus caricias. Como antes.

Después, ya buscaré trabajo.

Pero 2011 amanece con una tasa de paro demasiado alta como para que Nuria encuentre trabajo y una perpetua crisis “del ladrillo”, que hace que Carlos reduzca sus horas de trabajo a la mínima expresión.

Las discusiones empiezan a aparecer por la casa y Nuria no aguanta. No soporta tantos gritos, o lo que es peor, el silencio opaco de un Carlos que se aleja cada vez más.

Los recibos se acumulan sobre el banco de la cocina. Las llamadas de la sucursal bancaria empiezan a ser diarias. Nuria reza a un dios desconocido para que todo vuelva a ser como antes.

Y Carlos, mientras, se ha quedado mudo. Ya no habla.

Cuando Nuria se da cuenta están fuera de su casa nueva, esa que compraron cuando todavía eran novios y el mundo era perfecto, viviendo en las afueras de la ciudad en un piso de unos cincuenta años… sin Carlos, que desapareció un día dejando una nota: «No he sabido atenderos. Me marcho. Os quiero más que a nada en el mundo, pero estaréis mejor sin mí. Busca a alguien que cuide de vosotros.»

Y en ese piso viejo, con una Nuria también más vieja, el despertador suena, como cada día, a las siete y media. Empieza una nueva jornada, vestirse despacio, desganada, preparar un vaso de leche rebajado con agua para Jaime y otro para Anita. Después, Nuria sale a la calle despacio, lleva a la pequeña a la guardería gracias a una beca del ayuntamiento, deja a Jaime en la puerta del nuevo colegio, enfila calle arriba y empieza una jornada de mendicidad en la puerta de un supermercado de moda.

Ha pasado casi un año desde que Carlos se marchó pero, extrañamente, a su cuenta corriente sigue llegando la nómina como cada mes. Más exigua. Pero es lo que le permite pagar el alquiler y los gastos de la casa para no tener que acabar en la calle. Sin Jaime. Sin Anita.

Mientras mira al vacío pensando cómo ha llegado a esa situación, recibe una llamada al viejo móvil que todavía conserva.

Una voz preocupada, la de Jaime, que dice haberse desmayado mientras hacía novillos.

El llanto del niño se oye al otro lado y Nuria tapa ese sonido con sus lágrimas de desconsuelo. Ha escuchado a su hijo decir: «Tenía vergüenza, mami, no me gusta ser pobre. Quiero que vuelva papi y que nos vayamos a casa.»

Una hora más tarde, la pareja que descubrió a Jaime llega al piso de Nuria con el pequeño y una compra como las que le trae Alma de vez en cuando. Los dos jóvenes se despiden de Jaime y cuando éste se esconde en su habitación, la pareja saca un papel. Nuria tiembla. No quiere que le quiten a sus hijos.

Pero solo hay un teléfono anotado.

No dejes que vuelva a desmayarse, le han dicho.

Nuria llora desconsolada.


El despertador, como cada día, suena a las siete y media. Ahora empiezan las carreras, vestirse a toda prisa, preparar el desayuno de Jaime y Anita. Después, coger el autobús, llevar a la pequeña a la guardería, dejar a Jaime en la puerta del colegio y empezar una jornada de trabajo en la casa donde se desmayó el pequeño.

Pero el sonido del timbre de la puerta rompe esa rutina.



Una ciudad cualquiera, junio de 2012

JAIME

Jaime camina sin rumbo por las afueras de la ciudad. Su ropa, demasiado usada, le identifica como uno de los pocos habitantes de los suburbios donde seguramente dormirá. Debe de tener unos seis años, moreno de pelo, pero cetrino de piel, anda vagando por la parte baja de la ciudad. Sus ojos, antaño vivarachos, muestran ahora unas ojeras extremas que acompañan a los mocos que han dejado rastro por toda la piel.

Pese a todo, a sus seis años, al andar desgarbado y al color de su piel, Jaime muestra una fortaleza extraña para un niño de su edad. Por las afueras, por aquellos caminos por los que nadie pasea, todo destartalado, escombros a los lados, suciedad y botellas rotas, Jaime se desenvuelve como si fuera su propio espacio, mientras juega con un bote de refresco que encontró en los barrios altos de la ciudad.

De pronto, se da cuenta de que bosteza incansablemente y de que su estómago ruge demasiado. Desde hace meses está acostumbrado a escucharlo sin cesar; aunque hoy, hoy hace un ruido desconocido para él. Para olvidarse de ese sonido vuelve al momento alegre y juguetón en el que se entretenía con el bote abandonado.

Jaime sigue caminando por las afueras. Ya casi ha llegado a la pequeña montaña que hay a la salida del barrio, aunque no sabe muy bien hacia dónde le lleva ese camino, porque nunca se había alejado tanto de su casa; pero hoy quiere vivir su propia aventura. Y por eso, cuando llega al pie de la montaña, ahora mucho más grande que cuando la veía desde la ventana de su habitación, respira hondo y empieza la subida.

A lo lejos ve una vivienda grande. Por fin he encontrado la casa de los perros, se dice. Y cuando llega a la entrada lee: “Pro-tec-to-ra-de-a-ni-ma-les.”

Jaime se acerca al refugio destartalado que hay al fondo del camino agreste. Durante el recorrido ve numerosas jaulas con perros; cachorros de todas las formas y colores. Jaime no puede creer lo que ve, aquello es como un zoo de los que salían en la tele, pero sólo con perros. Uno de ellos, de un color amarillo, se acerca al borde de la jaula. Jaime se arrima sin saber muy bien por qué. Tal vez porque ese can, ahora amarillo, debió de ser en algún momento blanco. Estás tan sucio como yo, le dice Jaime. ¿Cuánto hace que no te lavas? No lo sabes, pero dentro de poco te hará ruido la barriga y siempre tendrás hambre. El perro acaba por darse la vuelta. Bueno, ya verás cómo yo tengo razón y mañana tienes hambre. Me da igual que te enfades conmigo.

Jaime sigue por el camino hasta que ve una casa. Se dirige hacia allí. Al llegar, se asoma por una de las ventanas y descubre una cocina tan destartalada como el resto de la casa. De todo aquello, lo que le llama la atención son los restos de comida que hay por encima del banco, amontonados, esperando a ser echados a la basura y que él comería con muchísimo gusto. Se aleja de allí pensando en encontrar una ventana abierta para poderse colar en esa cocina.

En una de ellas oye ruidos. Se asoma con miedo a ser descubierto, pero quien se sorprende es él. Allí, sobre una cama, hay un hombre y una mujer. Están desnudos, como él vio a papá y mamá alguna vez. Estamos jugando, le dijeron.

Jaime se da cuenta de que el sol está dándole en la cabeza. Hace excesivo calor y aquellos padres no se dan cuenta de que está mirando por la ventana. Al final se cansa de ver a los adultos y decide buscar, de nuevo, un resquicio pequeño por el que entrar en la casa. Pero mientras escudriña se da cuenta de que cada vez tiene más hambre y mucho calor.

De pronto el pánico se apodera de él. Se da cuenta de que lleva dos días casi sin comer, casi apenas sin tocar nada; excepto algún trozo de pan que consigue rescatar de la despensa de su casa. Un trozo de pan duro.

Su mirada empieza a ser borrosa. Tiene miedo. Va a gritar, pero ya no le sale la voz. Ya sabe lo que viene ahora, se va a caer. Lo sabe. Lo ha visto otras veces, en otros niños de su escuela, a la que ya no va porque le da vergüenza.

Oscuro.

Una ciudad cualquiera, mayo de 2009

CARLOS

Carlos descubre en el móvil las incesantes llamadas de Nuria. Algo va mal. Lo sabe, si no, ella no lo telefonearía insistentemente. Anita se habrá puesto enferma, o Jaime. Cuando marca, tembloroso, no espera que conteste su suegra. Hospital es lo que consigue entender de entre todo aquel amasijo de palabras.

El viaje hasta allí se le hace largo. La espera hasta ver a su Nuria, eterna. Cuando la ve aparecer llorando y en silla de ruedas cae a sus pies y la abraza. No pasa nada, amor, todo va a salir bien.

Aunque lo que de verdad se dice Carlos es: Que no se muera, por favor, que no se muera.

Y Nuria no se muere. La recuperación es tan larga que, después de seis meses de baja, la echan del trabajo. No le importa. Él hará horas extras y ella podrá descansar. Se lo merece. Siempre ha tirado con todo y ahora… Ese maldito cáncer casi la mata. Y él no sabe qué haría sin su Nuria. Sin el amor de su vida.

Pero 2011 amanece con una tasa de paro demasiado alta y con una perpetua crisis “del ladrillo” que hace que Carlos reduzca sus horas de trabajo a la mínima expresión. La desesperación aparece en su mundo: ¿Cómo va a cuidar de su familia si no se lo permiten? Y Nuria no debe volver a trabajar, tiene que cuidarse, y no la dejaré ir a un sitio de mierda a que me la enfermen, a que me la maten, piensa Carlos.

Pero él está tan frustrado por no encontrar trabajo que casi no habla. En su cabeza no es el hombre fuerte que sabe mantener a su familia. ¿Cómo los salvará de ese desastre? Nuria está muy nerviosa y grita. Y él más, porque está desesperado.

Cuando llega a casa de trabajar observa los recibos acumularse en la cocina. Las llamadas de la sucursal bancaria son diarias. Qué mierda de hombre eres, Carlos, se chilla. Y como odia no poder hacer frente a esa situación, no ser el padre y el marido que tendría que ser, ha decidido no hablar. Callar y no discutir con la preciosa Nuria, que ahora tiene ojeras y algunas canas.

Él, que tanto la ama, se da cuenta de que no es el hombre que ella necesita a su lado.

Los tres estarían mejor si él desapareciera.

Y un día, como cree no poder hacer ya más daño a su familia, como sabe que no es el hombre que merece Nuria, como sabe que no es el padre que tendrían que tener Jaime y Anita, él que tanto los ama, le deja una escueta nota a Nuria y se marcha de casa. Ya no le hará más daño.

Se va.

No sabe a dónde.

Acaba por dormir en las afueras de la ciudad, en un solar casi abandonado, dentro del coche. Lo único que se llevó. Eso y algo de ropa.

Cada día que pasa, Carlos va más cabizbajo y acude con desgana al almacén donde siguen trabajando unos pocos. Tenemos suerte, Carlos, otros están en la calle, le dice su amigo Luis. A nadie le ha dicho que se ha marchado de casa porque le da vergüenza. Pero cuanto más avanzan las semanas, Luis se da cuenta de lo sucio que va. Sin cuestionamientos, le empieza a bajar el almuerzo, que había dejado de tomar, y de vez en cuando lo invita a casa a cenar y a darse una ducha de agua caliente. Luis no hace preguntas y él se lo agradece. Alguna noche lo ha invitado a dormir, pero Carlos no quiere destrozar a otra familia.

Los días en que consigue esa ducha, Carlos aprovecha las horas del día para buscar un trabajo mejor, sin descanso, sin cesar. No permitirá llevar a la ruina a su Nuria, a la que le ha dejado la nómina. Nunca le quitará el poco dinero que cobra.

Pero no hay trabajos mejores.

No hay trabajo.

Y como cada día, después de esa búsqueda infructuosa, se dirige hacia la que un día fue su casa. Agazapado tras el coche, observa la silueta de Nuria, tan preciosa como siempre. Allí permanece hasta que se hace oscuro.

Pero hoy hay un movimiento extraño en la casa. Está el coche de Alma. A Carlos se le disparan todas las alarmas y comienza a temblar. De pronto ve aparecer a Nuria con una maleta y entonces comprende.

Sigue cuidadosamente el coche de su amiga y descubre que ahora vivirán en una antigua finca. Se maldice a sí mismo por no poder salvarlos. Se odia. No se soporta. Sería mejor estar muerto.

Comienza a llorar en el coche. Lo golpea fuertemente hasta sangrar las manos y cuando ya no puede más, cuando ya está roto por dentro, arranca y sale hasta su solar abandonado.

Esa noche no duerme. Ni las siguientes. Ni las que siguen a esas. No puede cerrar los ojos, porque ha visto cómo están Anita y Jaime y Nuria. Los ha matado en vida.

Las semanas siguientes ya no busca trabajo. No come y casi no acude cuando Luis le ofrece ayuda. Mejor morir.

Pero un día, sin saber por qué, un día viendo a Jaime salir del nuevo colegio, se da cuenta de que no puede seguir así, de que ese final que tanto espera sólo llenará de más miseria a su familia. El poco dinero que cobra desaparecería. Ha de hacer algo. Reaccionar. Hacer lo que tendría que haber hecho hace tiempo.

Esa tarde, acude a casa de Luis. Le pide ropa limpia, ducha y un plato caliente. Por fin le confiesa la verdad y un único proyecto: salir de aquí como sea.

A los meses, cuando ya el verano cae sobre la ciudad con gran fuerza, Carlos recibe una oferta de trabajo. Mil cien euros y un número indeterminado de horas. No importa. Que me exploten, se dice, si eso significa volver con Nuria. He de hacer lo posible por estar a su lado. No supe hacerlo antes, pero estaré ahí, volveré, para lo que ella y los pequeños necesiten. Esta vez no les daré de lado. Seré un hombre. Un buen padre y un buen marido. Eso seré.

Pasados unos meses, y con la mayor parte del sueldo en el bolsillo, Carlos coge el coche, ahora ya sin seguro, y se dirige a las afueras de la ciudad. Aparca el coche en el mismo lugar que los meses anteriores y se deja engullir por un viejo portal. Pero el miedo le hace retroceder, Vuelve al coche. Allí permanece toda la noche.

Hasta las siete y media.

Entonces, como si de su rutina habitual se tratase, sube las escaleras, despacio, se coloca frente a la puerta, toma aire, respira hondo… y hace sonar el destartalado timbre.



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