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Autor, narrador y personaje. Quién es quién...

Hace unos días terminó el curso de escritura creativa que estaba impartiendo con Bibliocafé. Escuela de Escritura. La frase que se ha quedado de esas semanas es: “No me importa lo que tú tengas que contarme”. Es un poco traicionera, y suena fatal, para qué engañarnos, pero me parece una realidad que deberíamos grabarnos las personas que escribimos. Cierto es que, en última instancia, uno escribe porque tiene algo que contar, porque necesita sacarse una idea de dentro y, visto así, como lectora, me importa mucho lo que una escritora quiere transmitir. Todas tenemos autores preferidos a los que seguimos por lo que cuentan, que es una parte de ellos mismos.

A lo que me refiero cuando pronuncio esta frase tan sentenciosa es a que en la escritura debemos diferenciar tres voces: la de la autora, la de la narradora y la de los personajes. Tres voces que deberían estar claramente diferenciadas.

La del autor, que quiere contar una historia. Es difícil aprender a separarnos de una vida que antes de pasar al papel apareció en nuestra cabeza. Una situación, una fotografía, un paisaje, una persona se convirtieron, de pronto, en una narración. Es lo que suelo llamar, imagen disparadora. De ahí, de ese principio, surge todo lo demás. Encontrar nuestra voz es complejo, siempre hay dudas de si será esa la mejor manera de contar, si su narrativa nos identificará ante los lectores, si habremos acertado o, en un deseo de ser originales, hemos caído en el mayor de los errores. El conocido síndrome del impostor aparece cuando menos lo esperamos, pero hay que vencerlo, ser valientes y creer en nuestra historia. Quizá erremos, es cierto; sin embargo, no conozco ninguna forma mejor de madurar en la escritura.

Con todo, una vez te lanzas a escribir, debes estar convencido de que la historia ha dejado de ser tuya para ser de los personajes y sus circunstancias. Y, por tanto, aunque cueste, hay que abandonarse al único oficio que ahora nos corresponde: el de ser meros transmisores de su existencia. Ellos contarán su historia, a su manera. Tomarán sus decisiones y nosotras, como autoras, deberemos dejar que así sea.

La segunda voz es la de la narradora (y a veces también, protagonista) de ese relato. Hay escritores que deciden esconderse detrás del narrador y, de alguna manera, participar de la historia. Es posible, por supuesto. Si algo tiene de bueno la literatura es que se puede experimentar más allá de lo aprendido. Sin embargo, como en el caso anterior, deberás de elegir ser parte activa en la historia. Dejarte ver y hacerlo obvio. Pero si decides que quien narra la historia es ajeno a ti, debes ser consecuente hasta el final y no dejarte asomar entre las líneas. Es difícil, aunque no imposible.

La última voz y, al menos para mí, la más importante es la de los personajes, cada uno con su mundo y su forma de entenderlo. Intentar que nuestros protagonistas hagan lo que nosotros queremos es un error. Les robamos la esencia, su vida, su forma de estar y de enfrentarse a los conflictos que se le presentan. No hay nada más hermoso que estar escribiendo y que aparezca un personaje y te sorprenda con su reacción. Te preguntarás qué está haciendo, pero debes dejarlo crecer y que tenga entidad propia. Es la única forma de que sea creíble, que las lectoras empaticen con su historia; en definitiva, que cobren vida. A veces te dolerá las decisiones que tomen, pero has de dejarlos ser libres.

A veces, pero, sin querer entremezclamos los mundos y se nos ve, a nosotros autores, agazapados detrás de las palabras que pronuncian los protagonistas de nuestra historia. Y de ahí esta frase con la que tanto nos hemos reído: “A mí, lo que tú tengas que contarme, no me importa”; que, entre otras cosas, es bastante falsa, pero que dio mucho juego en esas sesiones en las que tanto compartimos.

No sé si a vosotros os gusta hacer talleres de escritura. A mí, lo que más me agrada es poder compartir los momentos y las historias que bullen en sus cabezas y ese proceso de creación que, por unas horas, deja de ser trabajo solitario para convertirse en trabajo compartido.

Cuando soy yo la que está al otro lado, me encanta escuchar las experiencias, aprender y ver que siempre, siempre hay que seguir creciendo.

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