A través de mi ventana

Desde hace tiempo, cuando abro las ventanas de mi casa, al otro lado, alguien me observa. Mientras dejo que el sol entre, al otro lado, una persona me mira. Frente arrugada, rostro enjuto. Labios apretados. Ceño fruncido. Cuerpo rígido, mirada oscura. Nunca sonríe. Con el paso de los meses me acostumbré a ver aquel rostro al otro lado. La oscuridad contrapuesta a la luz de la mañana, a los rayos de sol que se cuelan entre el gris de la ciudad.

Diría que hace un año, más o menos, de esa mirada. Casi instintivamente, mis ojos, mientras abren las marquesinas, se van a esa ventana. Por saber si sigue ahí esa mujer, un poco anciana, extraña, curiosa, triste, enfadada. Y hubo semanas en que no la vi. Yo insistía con mi mirada, por si ella volvía. Nada. La ventana cerrada. La mirada ausente. Y aún así, no desistía. Cada mañana, abría las marquesinas, dejaba que la mestiza negra saltara mientras regaba las plantas, e incluso en algún momento, la regué a ella. Saltos y ladridos de alegría. El mundo se refresca con el agua. Y de pronto, un rostro asoma al otro lado. Por fin, ahí está. Reconozco que la presencia me abrumaba; pero la ausencia… me dolía. Intuyo, enfrente, una máscara de oxígeno. Quizá por eso la ausencia. Pero ha vuelto. Eso es lo que importa. No consigo ver mucho más, que no quiero que piense que la miro, o peor, que la vigilo. Aunque cuando me echo hacia atrás para entrar en la casa, me parece ver una pequeña sonrisa. No, qué va, imposible. Siempre los labios apretados. Me escondo en el hogar. Hasta mañana. Hasta hoy. Abro la ventana, disimulo, alzo la vista con sumo cuidado. Ahí está. Disimulo más todavía. Y ella, entonces, alza la mano, me llama, me saluda con sus brazos, y sonríe. Sonríe mucho.

Y yo, desde el otro lado, la saludo, sonrío. Casi la abrazo. Miro a mi mestiza y nos vamos a desayunar. Hoy, tal vez, un poco más felices.



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